Descubriendo la Antártida pasada. El impacto de las variaciones climáticas en los ecosistemas terrestres

La Antár­tida cons­ti­tuye el con­ti­nente más meri­dio­nal de la Tie­rra y el más frío, con un 99,6 por ciento de su super­fi­cie cubierta de hielo. Este con­ti­nente ha cons­ti­tuido un hito para nume­ro­sas gene­ra­cio­nes de explo­ra­do­res y cien­tí­fi­cos deseo­sos de des­cu­brir sus relie­ves y recur­sos natu­ra­les, los pri­me­ros, y los mis­te­rios que escon­den sus hie­los, tie­rras y aguas cir­cun­dan­tes, los segundos.

Al con­tra­rio que en el Ártico, la colo­ni­za­ción humana de la Antár­tida solo se remonta a los últi­mos siglos. Y es que, como el nom­bre dice, geo­grá­fi­ca­mente, el Ártico es lo con­tra­rio a la Antár­tida: si bien el pri­mero cons­ti­tuye un océano rodeado de tie­rras, el segundo es un con­ti­nente ais­lado por las frías aguas del océano antár­tico. Esta loca­li­za­ción geo­grá­fica dota al con­ti­nente de unas con­di­cio­nes cli­má­ti­cas extre­mas, con tem­pe­ra­tu­ras que han lle­gado a alcan­zar –89,2ºC en la base rusa de Vos­tok, en el inte­rior de la fría meseta de la Antár­tida orien­tal (21–7-1983).

Durante la última década nume­ro­sos estu­dios han foca­li­zado su inte­rés en la Penín­sula Antár­tica, un alar­gado brazo de tie­rra que se pro­longa más de 1.000 km hacia lati­tu­des sep­ten­trio­na­les en direc­ción al con­ti­nente ame­ri­cano. En esta área, las con­di­cio­nes cli­má­ti­cas son menos extre­mas, con tem­pe­ra­tu­ras anua­les que se sitúan entre –2 y –10ºC. Ade­más, en este sec­tor se regis­tran perio­dos con tem­pe­ra­tu­ras posi­ti­vas durante el verano aus­tral, lo que faci­lita la pre­sen­cia de áreas libres de hielo con fauna y flora abun­dante y diversa. El que la tem­pe­ra­tura ambien­tal supere los 0ºC per­mite que nume­ro­sos lagos pier­dan su cubierta de hielo en el verano aus­tral, per­mi­tiendo el desa­rro­llo de algu­nas espe­cias acuá­ti­cas tales como mus­gos, crus­tá­ceos y algún insecto. Los sedi­men­tos de estos lagos cons­ti­tu­yen una de las prin­ci­pa­les fuen­tes para poder recons­truir ambien­tal­mente los últi­mos miles de años de esta región.

La Penín­sula Antár­tica es la región de la Tie­rra que ha expe­ri­men­tado un calen­ta­miento más sig­ni­fi­ca­tivo durante las últi­mas déca­das, con incre­men­tos tér­mi­cos de hasta 0.5ºC/década infe­ri­dos por Eric Steig y otros inves­ti­ga­do­res en un artículo de 2009. Este patrón cli­má­tico está teniendo con­se­cuen­cias sig­ni­fi­ca­ti­vas sobre los eco­sis­te­mas natu­ra­les: retro­ceso de los gla­cia­res, apa­ri­ción de nue­vas áreas libres de hielo, aumento de la super­fi­cie vege­tada, cam­bios en la dis­tri­bu­ción de las espe­cies ani­ma­les, varia­cio­nes en la exten­sión del hielo marino, etc. Ade­más del impacto local y regio­nal, estos pro­ce­sos pue­den tener con­se­cuen­cias a nivel pla­ne­ta­rio, en espe­cial en lo que al nivel medio del mar se refiere, a las corrien­tes oceá­ni­cas, así como a sus tele­co­ne­xio­nes cli­má­ti­cas con otras áreas del planeta.

Los infor­mes cli­má­ti­cos inter­na­cio­na­les, como el rea­li­zado por el Panel Inter­na­cio­nal del Cam­bio Cli­má­tico en 2014, apun­tan a una inten­si­fi­ca­ción de esta ace­le­ra­ción tér­mica durante las déca­das veni­de­ras. No obs­tante, los cien­tí­fi­cos aun dudan del signo y alcance de la res­puesta de los eco­sis­te­mas terres­tres ante los futu­ros esce­na­rios cli­má­ti­cos. Así, el estu­dio de los cam­bios cli­má­ti­cos y ambien­ta­les pre­sen­tes en los regis­tros sedi­men­ta­rios de la Antár­tida per­mite exa­mi­nar si en el pasado ya se han regis­trado con­di­cio­nes simi­la­res o, si por el con­tra­rio, el impacto antró­pico en el clima pla­ne­ta­rio tam­bién tiene con­se­cuen­cias más allá de la varia­bi­li­dad natu­ral en este continente.

 Figura 1. Investigadores del proyecto HOLOANTAR sobre la superficie congelada del lago Chester trabajando para recuperar los sedimentos del fondo del lago (izquierda), testigos sedimentarios extraídos del lago (derecha). (Fotografías del autor).


Figura 1. Inves­ti­ga­do­res del pro­yecto HOLOANTAR sobre la super­fi­cie con­ge­lada del lago Ches­ter tra­ba­jando para recu­pe­rar los sedi­men­tos del fondo del lago (izquierda), tes­ti­gos sedi­men­ta­rios extraí­dos del lago (dere­cha).
(Foto­gra­fías del autor).

En este con­texto se enmarca la inves­ti­ga­ción ampa­rada por el pro­yecto HOLOANTAR (Holo­cene envi­ron­men­tal change in the Mari­time Antar­ctic. Inter­ac­tions bet­ween per­ma­frost and the lacus­trine envi­ron­ment, www.holoantar.weebly.com), coor­di­nada desde la Uni­ver­si­dad de Lis­boa y que cuenta con la par­ti­ci­pa­ción de 16 inves­ti­ga­do­res de dife­ren­tes ins­ti­tu­cio­nes internacionales.

Una de las prin­ci­pa­les áreas de inves­ti­ga­ción de este pro­yecto es la Penín­sula Byers, que cons­ti­tuye el mayor sec­tor libre de hielo del archi­pié­lago de las Shetland del Sur, en el extremo noroc­ci­den­tal de la Penín­sula Antár­tica. En noviem­bre de 2012 se realizó una cam­paña de tra­bajo de campo para la reco­lec­ción de las secuen­cias de sedi­men­tos del fondo de cua­tro lagos dis­tri­bui­dos a lo largo de un tran­secto desde la costa hasta el gla­ciar de domo Rotch. Los aná­li­sis en curso de los sedi­men­tos lacus­tres han per­mi­tido infe­rir las fases de retro­ceso gla­ciar en esta penín­sula, así como la exis­ten­cia de nume­ro­sos perio­dos cáli­dos y fríos durante los últi­mos mile­nios que han con­di­cio­nado la evo­lu­ción ambien­tal en esta área. Los perio­dos más cáli­dos debie­ron de tra­du­cirse en una mayor acti­vi­dad bio­ló­gica tanto en los lagos como en sus cuen­cas, mien­tras que perio­dos más fríos darían lugar a una mayor inten­si­dad de los pro­ce­sos crio­gé­ni­cos y movi­li­za­ción de par­tí­cu­las mine­ra­les hacia los lagos. El papel que el per­ma­frost jugó en la acti­vi­dad geo­mor­fo­ló­gica pasada en la Penín­sula Byers debió de estar alta­mente con­di­cio­nado por las con­di­cio­nes cli­má­ti­cas. El moni­to­reo actual del régi­men tér­mico del suelo está evi­den­ciando el con­trol que ejerce la topo­gra­fía y, en con­se­cuen­cia, el manto nival en la pre­sen­cia de hielo per­ma­nente en el suelo. Ello es deci­sivo para enten­der las for­mas y pro­ce­sos geo­mor­fo­ló­gi­cos – de carác­ter peri­gla­ciar – acti­vos hoy en día en esta penín­sula, los cua­les ofre­cen a su vez una refe­ren­cia para infe­rir la diná­mica pasada.

Estás líneas de tra­bajo en la Penín­sula Byers se com­ple­men­tan con la inves­ti­ga­ción inter­dis­ci­pli­nar que se rea­liza en áreas adya­cen­tes, como es el caso de la cer­cana Punta Ele­fante. Está área libre de hielo de sólo 1.16 km2 ha sufrido un ace­le­rado pro­ceso de degla­cia­ción durante las últi­mas déca­das, al aumen­tar su super­fi­cie libre de hielo un 17 por ciento entre 1956 y 2010. Uti­li­zando como ejem­plo el citado sec­tor de Punta Ele­fante, los inves­ti­ga­do­res Marc Oliva y Jesús Ruiz Fer­nán­dez en 2015 han des­crito por pri­mera vez en la Antár­tida la impor­tan­cia del per­ma­frost y de su degra­da­ción durante la fase para­gla­ciar, como fac­tor clave en el des­en­ca­de­na­miento de movi­mien­tos en masa y en la degra­da­ción del terreno degla­ciado. Esta apro­xi­ma­ción al dina­mismo geo­mor­fo­ló­gico actual se ha com­ple­tado con el aná­li­sis de la dis­tri­bu­ción de la rica flora y fauna exis­tente en este enclave. Este enfo­que geo­eco­ló­gico, ade­más, se ha com­ple­tado con la carac­te­ri­za­ción de los ves­ti­gios arqueo­ló­gi­cos mejor con­ser­va­dos de la Antár­tida Marí­tima. Los res­tos de los habi­tácu­los usa­dos por los pri­me­ros colo­ni­za­do­res antár­ti­cos (foque­ros y balle­ne­ros), que apro­ve­cha­ron los aflo­ra­mien­tos roco­sos lito­ra­les para su cons­truc­ción, mues­tran un exce­lente estado de pre­ser­va­ción. Los uten­si­lios, ves­ti­men­tas y res­tos bio­ló­gi­cos de focas y balle­nas encon­tra­dos en estos sitios per­mi­ten recons­truir el estilo de vida de estos indi­vi­duos. En vista de la suma de valo­res geo­eco­ló­gi­cos y arqueo­ló­gi­cos con­cen­tra­dos en esta pequeña penín­sula, se ha pro­puesto la desig­na­ción de este espa­cio como una área de espe­cial pro­tec­ción antár­tica (ASPA, en su acró­nimo inglés) con el fin de pre­ser­var este espa­cio para las futu­ras generaciones.

Para mayor información:

OILVA, Marc y RUIZ-FERNÁNDEZ, Jesús. Coupling pat­terns bet­ween para­gla­cial and per­ma­frost degra­da­tion res­pon­ses in Antar­ctica. Earth Sur­face Pro­ces­ses and Land­forms, 40 (9), 2015, pp. 1227–1238.

STEIG, Eric J. et al. Recent cli­mate and ice-sheet chan­ges in West Antar­ctica com­pa­red with the past 2,000 years. Nature Geos­cience, 6, 2013, pp. 372–375.

Marc Oliva es inves­ti­ga­dor en el Cen­tro de Estu­dos Geo­grá­fi­cos – IGOT, Uni­ver­si­dad de Lis­boa, Portugal.

Ficha biblio­grá­fica:

OLIVA, Marc. Des­cu­briendo la Antár­tida pasada. El impacto de las varia­cio­nes cli­má­ti­cas en los eco­sis­te­mas terres­tres. Geo­cri­tiQ. 25 de octu­bre de 2015, nº 176. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2015/10/descubriendo-la-antartida-pasada-el-impacto-de-las-variaciones-climaticas-en-los-ecosistemas-terrestres>

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