El monte Testaccio: de vertedero a archivo

En un momento en el que con­ti­nua­mente habla­mos de reci­clar cabe pre­gun­tarse por cómo resol­vían estos pro­ble­mas socie­da­des ante­rio­res a la nues­tra. El reci­clado fue una nece­si­dad de las socie­da­des anti­guas en las que la esca­sez de mate­rias pri­mas obli­gaba a apro­ve­char cual­quier ele­mento al que se le pudiese dar una nueva uti­li­dad en el caso de que no se pudiese repa­rarlo. Aún recuerdo a aque­llos “lato­ne­ros” ambu­lan­tes que repa­ra­ban cual­quier útil fuese metá­lico o de cerá­mica y a aque­llos “cha­ta­rre­ros” que reco­gían cual­quier resto metá­lico que pudiese gene­rarse en cual­quier casa. Con los res­tos de la ali­men­ta­ción humana se ali­men­ta­ban los ani­ma­les domés­ti­cos y los excre­men­tos de éstos se usa­ban como abono de los campos.

20160018_Figura 1 Remesal

Sin duda, la mate­ria prima más barata y mol­dea­ble era la arci­lla, según la Biblia, hasta Dios hizo al hom­bre de barro. Con arci­lla se cons­tru­ye­ron, hasta nues­tros días, los con­te­ne­do­res de mul­ti­tud de ali­men­tos, desde gran­des tina­jas a peque­ños potes. Dos tipos de vasos usa­ron los roma­nos para con­ser­var y trans­por­tar ali­men­tos: el dolium (tinaja) des­ti­nado a con­te­ner  los pro­duc­tos en el lugar de pro­duc­ción o en el de alma­ce­naje y el anfora des­ti­nada a trans­por­tar a dis­tan­cia dichos productos.

En ánfo­ras se trans­por­ta­ron, sobre todo, pro­duc­tos líqui­dos, vino y aceite de oliva y semi­lí­qui­dos, sal­mue­ras y con­ser­vas de pes­cado, fruta o carne. A lo largo del impe­rio romano, que ocu­paba el espa­cio de la actual Comu­ni­dad Euro­pea, más el pró­ximo oriente asiá­tico y el norte de África, se pro­du­je­ron millo­nes de ánfo­ras que via­ja­ron de un extremo a otro de dicho terri­to­rio, con­te­niendo los más varia­dos pro­duc­tos. El estu­dio de estas ánfo­ras cons­ti­tuye, hoy día, la base fun­da­men­tal para estu­diar el comer­cio en época romana.

¿Qué se hizo de estos millo­nes de ánfo­ras? Siem­pre fue­ron reuti­li­za­das. La reuti­li­za­ción más fre­cuente fue rom­per­las, para, mez­cla­das con cal y arena, hacer el famoso cemento hidráu­lico romano, algo equi­va­lente a nues­tro cemento mez­clado con gra­vas. Frag­men­tos de ánfo­ras fue­ron uti­li­za­das para cons­truir muros, para alla­nar cami­nos, a veces fue­ron cui­da­do­sa­mente recor­ta­dos para hacer tapa­de­ras de otros vasos, se usa­ron tam­bién para escri­bir sobre ellos, en fin, para cual­quier uso ima­gi­na­ble en el que un frag­mento de cerá­mica pudiese ser uti­li­zado, incluido el uso como proyectil.

Otras muchas fue­ron reuti­li­za­das para con­te­ner otros pro­duc­tos en las casas dónde se con­su­mie­ron los pro­duc­tos ori­gi­nal­mente con­te­ni­dos, a veces eran cui­da­do­sa­mente recor­ta­das para adap­tar­las a estos nue­vos usos. Muchí­si­mas fue­ron uti­li­za­das para sanear los terre­nos exce­si­va­mente húme­dos, depo­si­ta­das en zan­jas de dre­naje. Otras veces se usa­ron bajo los sue­los de las casas para crear una capa de ais­la­miento. Muchas fue­ron uti­li­za­das en las bóve­das de gran­des edi­fi­cios, así el espa­cio vació que crea­ban ayu­daba a ali­ge­rar el peso de dichas bóve­das y crea­ban tam­bién una cámara de aire que ais­laba del calor exterior.

20160018_Figura 2 Remesal

Sin embargo, en la ciu­dad de Roma, se ha con­ser­vado un curioso ver­te­dero de ánfo­ras. Se trata del lla­mado Monte Tes­tac­cio. La pala­bra latina testa, de la que deriva el nom­bre, sig­ni­fica frag­mento de cerá­mica. Un monte for­mado exclu­si­va­mente por res­tos cerá­mi­cos, sin tie­rra. Una colina arti­fi­cial que, hoy día, con­serva un perí­me­tro de casi un kiló­me­tro y una altura de 45 metros, en el que los estu­dios moder­nos cal­cu­lan que aún se con­ser­van los res­tos de más de 25 millo­nes de ánfo­ras. Tene­mos mul­ti­tud de docu­men­tos que tes­ti­fi­can que, a lo largo de los siglos, se han extraído de aquí frag­men­tos para los más variado usos cons­truc­ti­vos, tan­tos que, en 1742, el ayun­ta­miento de Roma prohi­bió, bajo pena de 50 escu­dos de oro, el extraer frag­men­tos del monte. Tene­mos que con­si­de­rar que en la anti­güe­dad tuvo un mayor tamaño y que pode­mos defi­nirlo como “la octava colina de Roma”.

Muchas teo­rías se desa­rro­lla­ron para expli­car la exis­ten­cia de este monte. La más intere­sante de ellas, la que con­si­de­raba que el monte se había for­mado con los res­tos de las ánfo­ras, en las que lle­ga­ron a Roma los tri­bu­tos en natura paga­dos por las pro­vin­cias del Impe­rio Romano. Algo de razón tenía esta pro­puesta: el monte está for­mado por los res­tos de las ánfo­ras que lle­ga­ron a Roma, durante 250 años, con­te­niendo aceite de oliva. De éstas más del 80 por ciento pro­ce­den de la Bética, la actual Anda­lu­cía. El resto, mayo­ri­ta­ria­mente, del norte de África, de Túnez y Libia. En muy escasa pro­por­ción de las pro­vin­cias orien­ta­les, en par­ti­cu­lar de Creta.

El estado Romano con­tro­laba el aca­rreo del trigo y el aceite de oliva, dos pro­duc­tos bási­cos de la dieta medi­te­rrá­nea, ase­gu­rando que en Roma no hubiese cares­tía y que sus pre­cios se man­tu­vie­sen bajos. Así pues, el estado se vio obli­gado a des­ha­cerse de los cien­tos de miles de ánfo­ras que, con­te­niendo aceite, lle­ga­ron anual­mente a Roma. Esta es la expli­ca­ción del ori­gen del Tes­tac­cio, situado cerca de los gran­des alma­ce­nes de la zona por­tua­ria de la anti­gua Roma.

20160018_Figura 3 Remesal

Los roma­nos impri­mían sobre las ánfo­ras, antes de que barro fuese cocido, unas mar­cas, que lla­ma­mos “sellos”. Mar­cas tan dura­de­ras como la arci­lla misma, al igual que las mar­cas que exis­ten sobre nues­tras bote­llas de vidrio. Mar­cas refe­ri­das al ámbito de la pro­duc­ción de vaso. Noso­tros aña­di­mos unas eti­que­tas de papel, para expli­car otras noti­cias refe­ri­das al pro­ducto, los roma­nos escri­bían direc­ta­mente sobre la cerá­mica. ¿Qué ano­ta­ban? El peso del vaso vacío, la tara (alre­de­dor de 30 kilos pesa­ban las ánfo­ras béti­cas). El nom­bre de la per­sona o per­so­nas que comer­cia­ban con ellas. El peso del pro­ducto con­te­nido (alre­de­dor de 70 kilos de aceite). Estas tres ins­crip­cio­nes se ano­ta­ban una bajo la otra, en la parte supe­rior del ánfora, mediante un pin­cel plano. A la dere­cha de estas tres ins­crip­cio­nes, junto al asa, se escri­bía mediante un cálamo de punta dura, un con­trol adua­nero y fis­cal en el que se hacía cons­tar: el dis­trito fis­cal desde el que se expe­día en ánfora, en nues­tro caso los dis­tri­tos de Cor­duba (Cór­doba) His­pa­lis (Sevi­lla) y Asti­gis (Écija), se con­fir­maba el peso del con­te­nido; se indi­caba el nom­bre de los per­so­na­jes que inter­ve­nían en dicho con­trol y la fecha, el año, de expe­di­ción del ánfora; a veces tam­bién el lugar exacto del embar­que en el valle del Guadalquivir.

El pro­blema fun­da­men­tal de la inves­ti­ga­ción sobre el mundo anti­guo es la falta de datos. El Tes­tac­cio, gra­cias a las exca­va­cio­nes que realizó H. Dres­sel a fina­les del siglo XIX y a las que, desde 1989, rea­liza un equipo espa­ñol de la Uni­ver­si­dad de Bar­ce­lona, bajo el patro­ci­nio de la Real Aca­de­mia de la His­to­ria, finan­cia­das por los Minis­te­rios de Inves­ti­ga­ción y Cul­tura, ha apor­tado miles de datos, que per­mi­ten crear series de datos. Según la docu­men­ta­ción actual, entre 145 y 257 d.C.

Dis­po­ne­mos pues de los nom­bres de gran can­ti­dad de per­so­na­jes y fami­lias que se dedi­ca­ron al comer­cio del aceite bético, asi­mismo cono­ce­mos mul­ti­tud de per­so­na­jes que inter­vi­nie­ron en el con­trol del aceite, los con­tro­les fis­ca­les fue­ron variando a lo largo del tiempo, por lo que cono­ce­mos la evo­lu­ción de la admi­nis­tra­ción romana. Cono­ce­mos, ade­más, gra­cias a las inves­ti­ga­cio­nes rea­li­za­das en Anda­lu­cía, el lugar pre­ciso de pro­duc­ción de muchos de los “sellos”. Así, cuando vin­cu­la­mos la infor­ma­ción de los “sellos” a las “eti­que­tas” que se escri­bie­ron sobre el ánfora, pode­mos recons­truir, de un modo bas­tante pre­ciso, la his­to­ria del comer­cio del aceite bético durante el Impe­rio Romano. El Tes­tac­cio, un ver­te­dero para los roma­nos, se ha con­ver­tido, para noso­tros, en el mejor archivo para cono­cer la evo­lu­ción eco­nó­mica del Impe­rio Romano.

José Reme­sal Rodrí­guez es Cate­drá­tico de His­to­ria Anti­gua en la Uni­ver­si­dad de Bar­ce­lona. Miem­bro de la Real Aca­de­mia de la His­to­ria. Codi­rec­tor del pro­yecto Testaccio.

 

Ficha biblio­grá­fica:

REMESAL, José. El monte Tes­tac­cio: de ver­te­dero a archivo. Geo­cri­tiQ. 25 de abril de 2016, nº 218. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2016/04/el-monte-testaccio-de-vertedero-a-archivo>

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