El día 12 de abril de este año, en Chile se vivió una de las peores tragedias ocurridas en zonas urbanas Un gran incendio afectó el puerto de Valparaíso, única ciudad con declaración “patrimonio de la humanidad” en este país sudamericano. La noticia fue cubierta profusamente, con conexiones en vivo por los medios masivos y se extendió velozmente por las redes virtuales. La primera sensación era de estupor por esa imagen dantesca que amenazaba la riqueza patrimonial de la ciudad puerto, como si Nerón estuviese nuevamente atizando un fuego incontrolable en otro lugar del orbe.
Pero paulatinamente la tragedia comenzó a girar de tono y sujeto de preocupación. Las casonas multicolores colgando de las laderas con vista infinita hacia el mar, y las nuevas calles aderezadas de adoquines rodeadas de hoteles boutiques y restaurantes de comida internacional, cedían su lugar protagónico frente al drama de miles de porteños que habitaban justamente detrás de los protegidos cerros patrimoniales, en quebradas sin ninguna urbanización, tanto así que hubo que combatir el fuego sin contar con sistema de aguas para hacerlo. Los rostros de la pobreza empezaron a emerger de una manera tan incontenible como el propio siniestro, casas hacinadas autoconstruidas con materiales muy ligeros fueron el combustible perfecto para potenciar el voraz incendio. En pocos minutos miles de familias perdían todas sus pertenencias, ante el registro a veces impertinente de la prensa, que había transformado la tragedia en espectáculo.

Vista de un barrio de autoconstrucción en Valparaíso (fotografía de Corina Mella, 18 abril 2014).
En ese instante todo se revolvió confusamente, había quedado atrás la preocupación por el bello puerto y sus estrechas calles y escaleras, para desnudar la condición profunda y perfectamente escondida de la sociedad chilena: la desigualdad insostenible. Esta realidad oculta por los éxitos parciales de la sociedad de consumo y por planificaciones (o desregulaciones) urbanas perfectamente segregadas, que provoca que los pobres no se vean en las céntricas avenidas de Santiago ni en las postales de Valparaíso, pero si se ven deambulando por las calles de la ciudad oficial son asunto de la policía.
Pero éstos, excluidos en su propia tierra, comenzaron a esbozar un discurso sorprendente pero totalmente coherente. Con una sabiduría que se construye sólo desde la propia vivencia, coligieron que la responsabilidad de la catástrofe era del patrimonio. Indudablemente para quienes hacemos de este campo del conocimiento nuestro objeto de investigación y, una causa de vida, resultaba totalmente chocante esta conclusión que rápidamente se esparcía por las llamadas redes sociales.
De este modo, expresiones sobre la inutilidad del patrimonio, fueron inundando el mundo virtual, para concluir con una expresión que aún resuena por su potencialidad incómoda “lo que necesita Valparaíso es modernidad”. Una vez más la consabida confrontación imaginaria entre patrimonio y modernización volvía a manifestarse, ya no en textos académicos, sino en la irreducible realidad.
Por responsabilidad ética y académica, lo que corresponde entonces es reflexionar y dar validez a esta manifestación social, para encontrar el sentido de éstas. Indudablemente el origen del problema se encuentra en la propia declaración patrimonial de Valparaíso, ya que el énfasis estuvo puesto más que en un interés histórico-cultural, en un plan de reactivación económica de la ciudad puerto, que paradójicamente no se basó en el potencial portuario como reclamaban los propios trabajadores, sino en el embellecimiento de los cerros más tradicionales que sirvieran como base para lo que CORFO (Corporación de Fomento Productivo) en aquella época llamó “industrias culturales”.
No se requiere mayor lucidez, por ende, para comprender el malestar de parte de la ciudadanía porteña con el plan patrimonial de la ciudad. Para ellos significa una inversión superflua, orientada a satisfacer a turistas y no las necesidades urgentes de la población. El patrimonio entonces viene a encarnar esa majadera, pero ineludible, condición hegemónica denunciada por diversos especialistas. Coincidente con este planteamiento, en Valparaíso la herencia cultural es apropiada por los sectores dominantes de la sociedad, seleccionando del repertorio posible aquello que los representa a ellos, y no al conjunto de la población.
Entonces es absolutamente comprensible el por qué la gente ve al patrimonio como un enemigo:porque los valores y materias patrimoniales sacralizadas son absolutamente ajenas a su vida cotidiana y sus necesidades. Y esta es indudablemente la peor manera de comprender los bienes y prácticas culturales, impidiendo la adecuada apropiación y el goce social de la cultura, como un hecho democrático por pertenecerle a todos, convirtiendo a la ciudad patrimonial en una urbe de unos pocos, o en un museo para turistas, excluyendo a gran parte a los principales actores del puerto, trabajadores y ciudadanos que cotidianamente construyen “otro patrimonio”, aquél que no le da la espalda a su vida diaria.
Para mayor información:
ROJAS, Mauricio. “Tradición y modernización. Los espejismos en las políticas patrimoniales de México y Chile” Revista Cuicuilco, vol., 13, número 38, pp. 109–132.
Mauricio Rojas Alcayaga es Doctor Ciencias Antropológicas, Académico Departamento Antropología U. Alberto Hurtado, Chile
Ficha bibliográfica:
ROJAS ALCAYAGA, Mauricio. Incendio en Valparaíso ¿Responsabilidad del patrimonio?. GeocritiQ. 5 de diciembre de 2014, nº 103. [ISSN: 2385–5096].
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Muy buena columna, me inclino a pensar que la responsabilidad no es del patrimonio, sino de esta sociedad chilena acostumbrada a convivir con niveles de desigualdad que a muchos de los paises vecinos, les resultarían insostenibles. Las políticas de patrimonialización se han “instalado” sobre estas costras de desigualdad, y por ello la postal del patrimonio y el adoquín, hoy se ha vuelto insostenible y grosera, tal como lo muestra esta columna.