Hace varias décadas, el concepto de ciudad global apareció en un periodo de expansión de ideas neoliberales. Un mundo donde caían las fronteras a las actividades económicas, y las grandes empresas (generalmente norteamericanas o europeas) extendían sus actividades a los rincones más alejados del planeta. Por entonces, el ‘peso global’ de una ciudad representaba como que su importancia en las actividades del gran capital occidental.
Mucho ha cambiado desde los años de Reagan y Thatcher, sin siquiera tener que entrar en el papel de computación y las comunicaciones electrónicas. Hoy, la presencia de capitales extranjeros en empresas multinacionales – como el árabe en las americanas, o el hindú en las inglesas – va en aumento; y como consecuencia, la obtención de beneficios se sobrepone cada vez más a hipotéticos intereses nacionales. A la par con el traslado del empleo industrial al Tercer Mundo, el poder de compra neto del consumidor occidental bajó a niveles del último tercio del siglo pasado, mientras aumentó por Asia y Latinoamérica.
El peso económico de países ‘tercermundistas’ (y por ende, sus ciudades) está creciendo rápidamente. Por ejemplo, en 2014, cinco de las 10 mayores bolsas de valores (en volumen de transacciones, según la WFE) estaban en Asia. En 2012, de los 20 países con mayor volumen de exportaciones, la mitad quedaba en Asia o Latinoamérica; y cuanto a importaciones, también (estadísticas de Naciones Unidas). A finales de 2013, la mitad de los 20 aeropuertos con más pasajeros, lo mismo (según el ACI). Y cuanto a puertos marítimos, un impresionante 9 de los primeros diez (en volumen de carga, según la AAPA). La lista sería larga.
Podría decirse que se multiplican las señales de convergencia. La importancia relativa de los continentes (y de sus ciudades) en la economía global está cambiando. Las empresas chinas, coreanas, pero también brasileñas, indias o rusas, aumentan sus actividades internacionales. La mayor empresa siderúrgica del mundo (ArcelorMittal) está controlada por capitales hindúes; la mayor en electrónica (Samsung), por capitales sur-coreanos; la mayor en bebidas (Anheuser-Busch InBev), por capitales brasileños.
Y los modismos del estilo de vida occidental que habían conquistado el mundo toman tintes cada vez más exóticos – sean las películas de Bollywood o la caipirinha, la tienda china del barrio o las vacaciones en Tailandia.Y los modismos del estilo de vida occidental que habían conquistado el mundo toman tintes cada vez más exóticos – sean las películas de Bollywood o la caipirinha, la tienda china del barrio o las vacaciones en Tailandia.

El Cairo, sede de la Liga Árabe, la metrópolis política y cultural del mundo musulmán (foto: José Gavinha)
Paralelamente, hay que repensar los criterios que utilizamos. La ‘importancia global’ de una ciudad ¿se relaciona solamente con las actividades de sus grandes empresas? La reciente crisis ucraniana es buena prueba de que Moscú sigue teniendo mucho más peso en el mundo que el de las productoras rusas de gas natural. Y las recientes protestas en El Cairo, pese al poco peso global de las empresas egipcias, dejaron mucha gente más nerviosa que la guerra civil en Libia, por mucho petróleo que se salga de este último país.
Además, ¿de qué mundo estamos hablando? Para un ejecutivo occidental, ciudades como Hong-Kong o Singapur serán fundamentales en una estrategia global; pero para un ejecutivo chino o japonés, son sobre todo lugares que reciben instrucciones de Nueva York o Londres, ciudades donde pueden volar directamente en unas horas adicionales. Habrá también otras dimensiones que deberían merecer más atención, como la cultura, la ciencia, la educación, la innovación.
En una reciente visita al Sureste Asiático, un expatriado me hablaba de la tendencia creciente en repatriar técnicos occidentales, y substituirlos por asiáticos con alguna experiencia (y claro, salarios más bajos). La mismísima Singapur, símbolo de Occidente en Asia, acaba de endurecer las reglas para aprobar visas de trabajo a extranjeros. Por el Extremo Oriente, el futuro de los occidentales que no hablen mandarín se complica.
En el otro extremo, es cada día menos raro a un profesor chino enseñado en una universidad sueca, o a un ingeniero brasileño en una petrolera americana. O ver a una holandesa hacer topless junto a una joven local con velo en algunas playas (sí, muy pocas de momento) de la musulmana Indonesia; o cruzarse con un sij con turbante y barba sin cortar en un barrio residencial de Toronto.
Los mundos árabe, hindú, chino o latinoamericano – y el peso de sus economías – son demasiado grandes para seguir tratándolos como secundarios, o para verlos como poco más que cajas de resonancia de la macroeconomía del norte occidental. Primero, por su tamaño, incluso sí los medimos con nuestros parámetros. Y segundo, porque dependen mucho menos de occidente de lo que generalmente queremos creer.
La creciente necesidad de globalizarse, de atraer nuevos capitales y mano de obra, de relocalizar aspectos de la producción y también del consumo, son pruebas obvias que las economías occidentales no se bastan a sí mismas. Y que nuestras ciudades globales siguen siendo muy importantes, pero que no son el ombligo del mundo.
Para más información:
GAVINHA, J. (2008), “Veinte años de ciudades globales: Ideas, mitos y nuevas evidencias”, Scripta Nova, XII, 270 (6), <www.ub.edu/geocrit/sn/sn-270/sn-270–6.htm>
José Gavinha es planificador urbano, doctorado en Geografia por la Texas A&M University.
Ficha bibliográfica:
GAVINHA, J. ¿Ciudades globales, qué dirección? GeocritiQ. 1 de junio de 2014, nº 56. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2014/06/ciudades-globales-que-direccion/>
